¿Qué hay detrás de una evaluación?

¿A quién le gusta que lo evalúen? A nadie. La evaluación es un sistema difícil de entender y de manejar emocionalmente, porque constituye en arma de doble filo. Por un lado, la oportunidad de descubrir cuánto sabes, lo cual es netamente halagador, pero por otro lado también constituye la oportunidad para descubrir cuánto NO sabes, lo cual es altamente frustrante. Y es allí, en ese punto neurálgico, donde se vuelve altamente peligroso una evaluación.

No toda persona está dispuesta a ser evaluada y no toda persona está preparada, anímica y emocionalmente, para asumir el resultado de una evaluación por mínima que sea. Obvio que a nadie le gusta que descubran sus debilidades y menos aun cuando erróneamente estamos convencidos que lo sabemos todo o por lo menos que nos encontramos en un nivel superior de conocimiento, cuando en verdad estamos propiciando una barrera protectora, en muchos casos excesiva, con el fin de ocultar nuestra incertidumbre o nuestras verdaderas debilidades.

Muchas veces los individuos nos sometemos a adquirir conocimientos en cualquier lugar, sin tener en cuenta cuán preparados están en ese determinado lugar seleccionado para brindarnos una adecuada formación. Es allí donde esa decisión se vuelve adversa a nuestro desarrollo. No se puede culpar a un individuo cuya mínima intención es la de someterse a un proceso de un ente académico, queriendo adquirir una adecuada orientación, por ello se acude a este tipo de prestación de servicios, pero se vuelve riesgoso, en la medida que casi siempre ponemos en las manos de entidades que hacen parte de un mercado y que, obviamente, si estas formalmente constituido es por que cumplen, mínimamente, con unos estándares de calidad, pero que por nuestra propia condición de desconocimiento y sed de aprendizaje no podemos detectar el nivel de calidad que guarda o presenta cualquier entidad.
Creo que todas las instituciones que se dedican a vender conocimientos o cuya misión es la formación, siempre tienen un contenido importante que ofrecer a sus estudiantes, pero también existen instituciones donde prima la alta calidad y es allí donde se abre una pequeña brecha con relación al conjunto de entidades prestadoras de este tipo de servicios, donde deriva siempre en los resultados después de cierto proceso.

Al adquirir tantos conocimientos por parte de una entidad a la cual le hemos confiado nuestro cuerpo y nuestro ser, se vuelve un poco atractivo y emocionante el someterse a una evaluación para determinar cuán preparados estamos. El detalle está en el momento de la verdad cuando adquirimos los resultados y queda al descubierto que nuestra formación no ha sido la adecuada o por lo menos la que nosotros creíamos que era fantástica ahora resulta que no es tan así de fantástica. Este gran detalle es el punto neurálgico en el que una persona, por lo general, no está emocionalmente preparada para afrontar y digerir un resultado adverso. Por supuesto que es un enorme golpe al ego y al mismo ser y en muchos casos indignante, pero pienso que cuando nosotros nos sometemos voluntariamente a una exposición de este tipo, debemos apuntar a una sana reflexión y aprovechar la oportunidad para reaprender si es el caso.

Alegría o tristeza, emoción o desilusión, fortaleza o debilidad, en cualquiera de los casos que sea el resultado de una evaluación, es la oportunidad de darnos cuenta en que punto del conocimiento nos encontramos para disfrutar y gozar, en el caso de obtener un resultado satisfactorio, y en el caso contrario tener la fortaleza para hacer de ello una herramienta para tomar correctivos que nos conduzca al éxito.

Una evaluación nunca tendrá un propósito destructivo, por el contrario, una evaluación pretende detectar falencias con el objetivo fundamental de medir el resultado contra estándares preestablecidos con el fin de tomar decisiones, retroalimentar y mejorar.

33 Visitas totales
25 Visitantes únicos